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Campamento de Dadaab: Construyendo una casa, enterrando un niño


Kenia, agosto del 2011

Isnino Siyat, de 22 años, construyó una casa. La  fabricó de palos—ramas de árboles que cortó o que escavó de la tierra alrededor del campamento Dadaab en Kenia—la cual ahora es el hogar de más que 400,000 personas. Ella cubrió los palos con telas y trapos que pidió prestado y con las bosas que usan para entregar la comida durante  la respuesta.

Isnino es una refugiada nueva de Somalia. Ella salió del conflicto y sequía en Somalia para ser una refugiada en Kenia, con un pequeño pedazo de tierra dónde puede empezar de nuevo.
 
Mirando alrededor del campamento uno ve muchas chozas, un punto de agua, letrinas e higiene. Todo parecería como un viaje para acampar que salió mal.
 
Los vientos levantan la tierra roja, obligando a  las personas a voltear su espalda y tapar sus caras para protegerse de la tierra que levanta el aire. El polvo penetra en  todo. Así es el piso en el albergue donde se encuentra Isnino, en una de de las tiendas de UNHCR, la agencia de refugiados de las Naciones Unidas. La tierra  se cuela debajo de las uñas, dentro de la nariz, la boca, los ojos y los orejas. 
 
El polvo rojo, es la   única cosa que se encuentra en abundancia en el campamento, aparte de  las tiendas y chozas.
 
Los  refugiados están llegando a Dadaab ahora, y se registran ingresos de 1,500 personas por día. La mayoría llegan caminando—trayendo burros, si estos no se han muerto ya. En el camino se encuentran con cadáveres de vacas muertas en diferentes etapas de descomposición . La tierra misma está seca, es como arar sobre la nieve. Las camiones manejan con dificultad. La sequía hace que todo sea más difícil.
 
Las  familias están extrayendo todo lo que pueden desde el terreno. Aaron Komen,  de 41 años, encargado del Departamento de Asuntos de Refugiados en el campamento de Dadaab dice que esto causa problemas grandes. “Los retos ahora son malnutrición, educación, salud, hacinamiento y la degradación ambiental,” dice. Los arboles están siendo usados como leña y para fabricar carbón. Y, según Aaron, “Los arboles están siendo cortados para fabricar albergues.”
 
Esto es exactamente lo que Isnino tuvo que hacer hoy. Dado a que ella no tiene nada, tuvo que usar lo que la naturaleza le ofrecía. “Fui al bosque y lo corté con mi propia mano,” dice, enterrando unos palos en la tierra para crear postes.
 
La comunidad les dio las materiales—bolsas  y trapos para cubrir los palos. Unos trapos están sobre el piso de tierra. “El reto es construir esto,” dice. “Tengo que pedir los materiales prestados porque recién he llegado.”
 
En Somalia tenía mejor casa. “Antes vivía en una casa,” dice. “Era más grande. Estaba hecha de barro y un techo de paja. Era fuerte. Y de buena duración. Funcionaba para protegernos del viento.” Ella mira a sus alrededor y ve los campamentos y las personas vivendo en las carpas provistas por UNHCR. “No tengo esperanza de recibir una tienda,” dice. Pero quiere una—desesperadamente. Isnino necesita todo.
 
“No tengo nada, ni siquiera un deposito para  recolectar agua,” dice. “Venimos caminando desde Somalia hasta  aquí. Sólo podíamos cargar nuestros dos niños.”
 
“Todo el cuerpo me duele, incluyendo mis piernas,” dice, cargando a Suleiman, “ Nos venimos unicamente con la la ropa que teníamos puesta,”  Y esto es todo lo que ella tiene.
 
Para Isnino,  moverse desde  Dadaab a Somalia ha sido dulce y amargo.
 
“Allí tenía una casa. Teníamos una finca, aunque nada podíamos cultivar,” dice ella. “Pero  aquí es peor. Estoy decepcionada. Estaba esperando algo mejor. Nunca me imaginé  vivir en un campamento de refugiados,” expresa.
 
Pero esta madre de dos niños  es una mujer  pragmática. “Quiza  un día de estos  reciba ayuda. No tengo nada, pero tengo esperanza.” Y añade : “No tenemos  nada de comer esta noche.”
 
Ella dice que la familia no tenía otra opción que venir a Dadaab. “Yo me fui por causa de la sequia y el hambre. Era una sequía horrible, la cual acabó con nuestro ganado y nuestra finca. No había comida (para los animales) que morían uno a uno durante un periodo de meses.”
 
“Tengo mucho miedo por el futuro de mis niños y por el mío,” dice.
 
Su esposo no le pudo ayudar construir la casa hoy, estaba ocupado en un trabajo doloroso, llevando el cuerpo de su sobrino, Ibrahim, quien falleció hace dos días.
 
“Era por el hambre,” dice Isnino. Ibrahim, de 3 años falleció en una clínica en Dadaab. Sobrevivió el viaje con la familia pero como muchos más llegó enfermo, hambriento y débil.
 
El día termina en la tumba de Ibrahim. El esposo de Isnino no está allí. Está tratando de encontrar agua para lavar el cuerpo delicado de Ibrahim. Los hombres remueven la tierra para hacer un hueco para enterrarlo. La tierra roja se mezcla con la arena en el aire. Hay viento y el cielo se pone rojo.
 
Las personas quienes están abriendo la tierra trabajan entre 30 montañitas de tierra—de tamaños diferentes. Hay montañitas del tamaño de un adulto y montañitas del tamaño de niños, hay muchas montañitas del tamaño de niños. Todos están cubiertos con arbustos espinosos para protegerlos de los animales salvajes.
 
Los hombres dicen que este es el tercer niño que entierran hoy. Este campamento nuevo—una extensión de Ifo—ni siquiera debe tener un cementerio. Pero hay muchas personas muriendo.
 
Visión Mundial estará ayudando en el campamento, ayudando a los refugiados nuevos, como Isnino con las necesidades básicas, como tiendas para albergue y implementos de cocina.  Aaron Komen, en el centro de refugiados está feliz que estas personas nuevas pronto van a tener ayuda. “Hay personas que necesitan ayuda,” dice. “Ayuda verdadera.”
 
“Tienen mucho trabajo esperándoles,” dice.
 
La ayuda llegará pronto para mujeres como Isnino, quienes llegaron sin nada, pero quienes sueñan que su vida va a mejorar, de alguna manera.

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