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Historia: Mamá, ¿puedes cocinar más rápido? ¡Tengo mucha hambre!


 

Kenia, agosto del 2011
 
Chenangat, de nueve años, se sienta y observa cocinar a su madre. Ella suele ser una niña callada debido a la falta de alimentos, pero esa noche está emocionada con la idea de tener una cena y apura a su madre para que cocine más rápido.
 Es una noche especial para esta familia gracias a que el personal de World Vision entregó comida en su comunidad, al norte de Kenia. Es sólo una bolsa con maíz y mijo, pero para Cheptilak Lomukereng, madre de Chenangat, es un motivo de alegría y por eso canta mientras cocina en una hoguera hecha al interior de su choza. “Dios qué bueno eres, gracias por estos visitantes, gracias por la buena salud, gracias por este buen día”, canta esta madre.
 
2009, las últimas lluvias
 
Cheptilak, 50 años, tiene siete niños y desde hace dos años comenzó a sentir los rigores de la falta de lluvia. La familia tenía cinco vacas, pero dos murieron por falta de agua, así que tomaron la decisión de vender las otras tres una a una para conseguir dinero y comprar comida para sus hijos. Por la vaca más grande obtuvieron 90 euros y por la más pequeña 50. Las ganancias de esa venta sólo duraron un mes. “El dinero no fue suficiente”, dice Cheptilak y agrega que comenzó a preocuparse cómo, sin sus vacas, conseguiría dinero para comprar medicina su uno de los niños enfermara.
 
Al no tener ya animales, Cheptilak comenzó a cortar árboles para hacer y vender carbocincillo en el mercado local. A veces pide prestado a un vecino un burro con el que carga el carboncillo y obtiene un poco menos de 4 euros por su venta. “Esta es la única vía para conseguir dinero cuando ya no tienes animales”, explica.
 
La educación de los niños no era ya una prioridad, la familia sólo trata ahora de sobrevivir y de los siete, sólo el mayor va a una escuela si siente fuerzas para caminar varias horas y llegar a la escuela más cercana.
 
Vivir con muy poca comida y caminar tres horas a por agua
 
Comer dos veces al día es un lujo para la familia de Cheptilak. Muchos días sólo tienen una comida en la mañana y justo después ella y varios de sus hijos caminan tres horas para conseguir agua, lo hacen caminando despacio para ahorra al máximo sus energías. Luego regresan con los baldes en sus cabezas, otras tres horas de camino.
 
“Debido a la falta de comida, los niños siempre están recostados”, dice Cheptilak, quien pasa muchas noches pensando: qué voy a darle a estos niños mañana. Por eso, esta noche, gracias a la comida que recibió, canta de alegría porque sabe que sus niños ser irán a dormir con el estómago lleno. “Aunque no haya comida, siempre doy gracias por tener a mis hijos”, concluye Cheptilak.

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